El 27 de Enero del 2010 un hombre salió del Aeropuerto de Campeche a las 11 de la mañana. Se subió a un auto rojo. Solitario. No había ningún otro automóvil más, ademas de ese y los taxis que esperaban mientras sus dueños tomaban el desayuno en el interior del edificio. Los arboles revelaban que el viento estaba tranquilo y hacía un clima gélido que podía observarse oculto entre la niebla que bajaba de los cerros cercanos.
El hombre se quedó viendo por el retrovisor, tal vez, tratando de visualizar al avión que se iba a esa hora de Campeche. Cabeceó un par de veces, miró fijamente hacia afuera del parabrisas, y lloró. Lloró intensamente, apoyó la frente en el volante otro par de veces, lo sujetaba firmemente como si de no hacerlo fuera a sumergirse en un abismo interminable. Su rostro era inentendible, y aunque todos los vidrios del auto estaban arriba, podía sentir sus gritos atravesándome el corazón como pedazos de hielo. Esto duró aproximadamente unos 15 minutos. Lo observé durante todo este tiempo. Yo no lo entendía, y cuando el me vio a los ojos a través de aquel espejo, supe que el tampoco podía entenderme del todo. Giramos nuestras llaves y cada quien se fue por su propio rumbo.
Nunca volví a ver a ese sujeto.


